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00:46h. Lunes, 23 de Octubre de 2017

Estaba pensando en qué tema abordar esta semana, si dedicarlo a la total ausencia femenina en los Nobel de este año o si saludar la decisión de los noruegos  por ser el primer país que iguala los salarios de las selecciones de futbol masculina y femenina.

Pero entonces me llegó un mensaje que me hizo disipar cualquier duda. A la farmaceútica María de la Fuente, investigadora de nanooncología de Oncomet, de Santiago de Compostela, le han hecho una considerable rebaja en su contrato de investigación porque no se le tuvieron en cuenta dos bajas maternales. Ha sido el Instituto de Salud Carlos III, organismo estatal que financia la investigación biomédica. María de la Fuente no competía en igualdad de condiciones con sus compañeros. Se le había ocurrido la insensata idea de traer hijos al mundo, algo que ya a poca gente se le ocurre. Tener hijos y, claro, lo que ello supone: reducir su tiempo de trabajo y dedicación a su carrera. Seguro que más de alguno piensa que esto es una elección libre y democrática.

Fueron 13 meses de baja por los dos nacimientos. Trece meses en los que la doctora María de la Fuente tuvo la “mala” idea de dedicarse a amamantar y cuidar de sus bebés y a dejar entre paréntesís su trabajo investigador. ¡Imperdonable!

Dejé pues el Nobel para la próxima semana y a los noruegos para cuando se pueda...Como diría Pujol, gran ausente de estos dias aciagos, hoy no toca.

Hoy toca hablar de la incongruencia que supone constatar que, a pesar de que uno de los principales problemas de España es la escasa natalidad, en muchas ocasiones penalizamos a las mujeres que deciden compaginar hijos y trabajo. Más aún, sabemos de la escasa presencia de mujeres en las ciencias, clamamos un día sí y el otro también por la absoluta necesidad de promover y dar visibilidad a las mujeres en la investigación, pero cuando ella no renuncia a su deseo natural  (y absolutamente necesario) de traer hijos al mundo la castigamos con falta de reconocimiento y la penalizamos con menos financiación.

No es la primera vez que desde  esta columna me niego a aceptar lo que una vez me dijo una amiga: “no tengo hijos porque quiero una carrera profesional de éxito”. No es aceptable que una mujer se sienta obligada, presionada o simplemente inducida a elegir entre maternidad y vida profesional. Aceptar eso sería volver al siglo pasado o antes incluso. No podemos asumir que para tener mujeres en las ciencias, en la investigación, o en cualquier ámbito profesional tengamos que “recomendarles” que aplacen su maternidad o, directamente, se olviden de ella. Reconocer la incompatibilidad entre maternidad y trabajo sería un fracaso absoluto en materia de igualdad, por supuesto, pero también en materia económica y social

El caso de la doctora de María de la Fuente lamentablemente no es el único. En ocasiones tengo la sensación de que la “posverdad” ha llegado también al universo de la igualdad de género. ¿Estaremos cayendo en la trampa de creer que las declaraciones y los discursos son tan poderosos como para sustituir a la realidad más objetiva?.