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04:30h. Viernes, 19 de Octubre de 2018

Llevo veinte años dedicándome a ayudar a las empresas a crecer en el exterior. Veinte años viviendo en diferentes países, viajando por todo el mundo y conociendo lugares y personas únicos. Pero la globalización, esa palabra que está tan de moda hoy en día, está provocando un cambio notable en las ciudades en las que vivimos. Sin excepción.

Da igual que hablemos de Santiago de Compostela o de Santiago de Chile. Y esta es la razón por la que les pido que me permitan hoy, de forma provisional, ser infiel a mi profesión. Hoy y los próximos días les quiero hablar de lo local y exponerles mi opinión sobre la importancia de mantener el equilibrio entre ambas facetas de la economía –internacional y local- para crear un modelo de sociedad sostenible. Y, lo más importante, porqué su participación como individuo es un elemento fundamental para que este equilibrio sea posible.

Como les decía, la globalización está consiguiendo que caminar por las avenidas comerciales de las ciudades se haya convertido en un paseo más que previsible. Las calles de cualquier urbe del mundo desarrollado muestran un único escaparate en una sucesión de comercios idénticos, aquí y al otro lado del océano. Los centros comerciales se han convertido en lugares de ocio donde las familias, independientemente del país en el que se encuentren, se entretienen de la misma manera y consumen los mismos artículos. Y si a cualquiera de ustedes les taparan os ojos y les transportaran a una de estas calles o centros comerciales de cualquier otra ciudad, seguramente seguirían encontrándose en un entorno que no les resultaría extraño.

Esta estandarización, si bien tiene muchas ventajas, también comporta algunas consecuencias menos deseables. Por ejemplo, amenazar la singularidad de una comunidad. Y cuando hablo de singularidad lo hago refiriéndome a la singularidad de la que viven ciudades como Compostela. Ser relevante por el hecho de ser única, particular y original, hasta el punto de que precisamente por esta razón la gente viene a visitarla desde todas las partes del mundo. Esta singularidad es la suma de, entre otras cosas, una catedral, una gastronomía, una historia. Pero también lo es de la existencia de un negocio local que vende sombreros o de una pequeña panadería artesana que acaba de desaparecer. Y en este caso, ser pequeño importa. Y mucho. Importa por el hecho de ser único, particular y original, como la propia ciudad.

Quizás usted no use sombrero, incluso es posible que en su dieta apenas esté presente el pan. Pero seguro que cerca de su casa encuentra un pequeño comercio que tiene algo necesario o interesante que ofrecerle. Y es ahí en donde usted puede ayudar a preservar la singularidad de su comunidad, apoyando a ese pequeño empresario que contribuye a que su ciudad siga siendo única y que, por esa razón, la sigan visitando cientos de miles de personas cada año.

Juan Tojo es Licenciado en Derecho y Máster en Dirección de Comercio Exterior