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02:28h. Domingo, 21 de Octubre de 2018

Causé alta en Seguridad Social el 8 del 8 del 88. Fue un lunes. Con frecuencia en China utilizo esta anécdota, para empatizar con los locales, dada su pasión por los números y en particular por el 8.

Nunca he llegado a entender los motivos que entronaron al 8. Unos me explicaron que es su pronunciación, parecida a la de otra palabra que significa crecimiento y riqueza. Otros, los menos, dicen que lo bueno del 8 es su simetría y su equilibrio.

Lo cierto es que su gran acontecimiento internacional de los últimos años, los Juegos Olímpicos de Beijing, para los que la ciudad tan concienzudamente se preparó,  sin conseguir por cierto el reto marcado años atrás de limpiar sus cielos para la ocasión, dieron comienzo un 8 del 8 del 8 a las 8 horas 8 minutos y 8 segundos.

Además, en China subirse a un coche lleno de ochos en su placa es algo exclusivo y minoritario. Y no hace falta traducir en costes lo que allí es patrimonio de las élites. De China recordé también la primera factura que me entregaron en un restaurante y que quise guardar, más como un souvenir que como un justificante de gasto. Cuando la mostré a mi acompañante, me explicó admirado que el precio estaba lleno de 8’s y que en su numeración abundaban los 8’s. Me explicó después que el hábito de pedir factura en China se estaba generalizando porque las facturas eran también boletos de lotería para participar en jugosos sorteos. Pensé si eso era lógico en un país que prohíbe los casinos, y le pedí a a mi acompañante que dadas tantas buenas casualidades comprobase si aquella factura iba a poder cambiar nuestras vidas. Nunca más se supo.

Hace unos días, desde un coche en Dubai, mis acompañantes mostraban su admiración hacia el conductor del vehículo delantero porque su placa sólo tenía un dígito. Discutieron entre ellos sobre la cantidad inmensa de dinero que en forma de tasas que habría tenido que pagar el titular a su DGT. Despuès observé que los taxis y los coches menos exclusivos rebosaban numeración. También recordé la primera vez que vi un Mercedes de la Casa Real del que en 1982 bajó nuestro Emérito. No tenía números. Tenía una corona dorada sobre un fondo azul marino.  Me pareció el no va más de la exclusividad.

Años atrás, en Bogotá, un taxista justificó el precio de un servicio en haberme llevado hasta una zona de “Estrato 6”. Entendí que el número se correspondería con la lejanía del lugar desde el centro de la ciudad, pero se me explicó que se trataba de estratos sociales, y que el 6 era el más alto. Confieso que aquello me pareció repugnante de inicio. Parecía la versión numérica de las castas indias. Me calmaron explicándome que los estratos se hacían figurar en cada factura de suministros para que los privilegiados subvencionasen con sobrecostes los servicios de los estratos 1, 2 y 3. Pensé entonces porqué en China se habrían conformado con hacer figurar en sus DNI la condición de urbanita o rural de cada ciudadano, dejando así pasar tamaña oportunidad de construir hasta 8 estratos y fulminar a impuestos a los estrato 8.

Todo esto en la semana en la que a varios de nuestros héroes de los 80 se les ha descubierto su pasión por los números.

Fernando Trebolle, abogado y ejecutivo de Mercados Exteriores