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03:20h. Lunes, 20 de Noviembre de 2017

Quizá ha pasado usted parte de sus vacaciones en algún hotel de España. Es una sensación maravillosa esa de sentir que alguien limpia la habitación, alguien hace las camas, alguien renueva las toallas del baño y casi nunca la vemos. Ese alguien es la camarera de piso, esa mujer que va con su carrito por los pasillos, planta a planta limpiando diariamente las habitaciones de los turistas: las  kellys.

Es el nombre de una asociación que agrupa a muchas mujeres con ese oficio y que se han unido para reclamar mejores condiciones laborales. El nombre puede hacer sonreir a muchos pero la historia no tiene gracia ninguna.Y lo sé porque cuando España abría de par en par sus puertas al turismo e Ibiza empezaba a convertirse en la Meca del turismo, mi madre fue una de ellas. Vivía en el hotel durante los meses de verano, trabajaba siete días a la semana, no recuerdo lo que cobraba, yo era una niña, pero mucho no debía de ser. Mi madre se quejaba del esfuerzo físico que suponía cargar con peso y con la presión de hacer todas las habitaciones asignadas en un tiempo récord.

Por eso este verano, cuando supe de las kellys, entendí perfectamente de qué se quejan. Lo que me sorprende es que el panorama sea tan similar al que vivió mi madre en la última parte de la década de los 70. Ha llovido.

No digo nada nuevo al afirmar que el turismo es el motor económico de este país: Un 11% del producto interior bruto y empleo para más de cinco millones de personas. Ahora bien -y es posible que esto no lo sepa usted-  casi la mitad son mujeres (el 46%). El problema es que ellas no trabajan en las mismas condiciones que los hombres. Si existe un sector donde la brecha salarial es más marcada es éste.

Ellas en su gran mayoría trabajan en jornadas parciales y con contratos temporales, pero lo peor es que cuando se trata de cobrar la nómina ellos alcanzan de media los 21.050 euros anuales y ellas no superan los 17.000, casi un 20% menos.

Si el turismo es nuestra locomotora, si el 30% de los trabajadores están vinculados a este sector y si de ellos la mitad son mujeres, deberíamos pensar que este sector sustenta en buena parte la economía de todos. Cabe pensar que sería conveniente dedicarle tiempo y voluntad para mejorar sus condiciones laborales. ¿O acaso sólo las huelgas que secuestran al resto de los ciudadanos son la herramienta para ser oídas?

 Carla Reyes Uschinsky, periodista y presidenta de Executivas de Galicia